Plantas de fuego y su simbología

Jacques Mabit  doctor en medicina, fundador y presidente ejecutivo del Centro Takiwasi, diplomado en medicina tropical y medicina natural, practicante de la medicina tradicional amazónica. Presidente del CISEI (2014-2016).

Jacques Mabit doctor en medicina, fundador y presidente ejecutivo del Centro Takiwasi, diplomado en medicina tropical y medicina natural, practicante de la medicina tradicional amazónica. Presidente del CISEI (2014-2016).

Introducción

La medicina tradicional amazónica recurre a ciertas plantas que se asocian al elemento fuego y que juegan un papel importante en el ámbito de la sanación no solamente física sino también psicoafectiva y espiritual. Proponemos, en este artículo, partir de un abordaje simbólico del elemento fuego, para luego discernir cómo esas cualidades simbólicas, reconocidas por numerosas tradiciones, coinciden con la sabiduría y la práctica terapéutica ancestral de los curanderos amazónicos, y con nuestra propia experiencia clínica.

El elemento fuego

En el orden de la naturaleza, las tradiciones han reconocido, por lo general, cuatro principales elementos que dan cuenta de la organización simbólica del universo: agua, tierra, aire y fuego. Ciertas tradiciones orientales agregan un quinto elemento, como la madera en China o el metal en otras tradiciones. La contemplación del fuego material nos da, por la vía poética, la posibilidad de acceder al simbolismo del fuego o al fuego simbólico. Un símbolo es un objeto sensible que nos reporta, sobre la base de sus cualidades y mediante el recurso de la analogía, a realidades no visibles, no directamente sensibles. También encierra una doble cara, una positiva y otra negativa; vale decir que, en una misma imagen, reúne los polos opuestos y complementarios de la realidad. Por ejemplo, el búho o la lechuza es un animal de la creación, sensible, visible, que todos conocen. La cualidad básica que lo caracteriza es su capacidad de ver en la oscuridad, donde otros animales –y, en especial, los seres humanos– no ven. Por analogía (“es como si”), mediante la función simbólica, representa la capacidad de ver en espacios no materiales (psíquicos, emocionales, intelectuales, metafísicos), donde otros no ven. En lo positivo puede señalar la sabiduría (Atenas, en la mitología griega), que permite acceder a conocimientos inasibles para los demás, a la videncia, a la penetración aguda de una inteligencia superior… En su vertiente negativa, refleja lo peligroso de los que disponen de la aptitud para actuar de manera oculta, a escondidas, aprovechando esta misma capacidad de penetración en lo invisible (brujos, ocultistas, magos). Se puede demostrar que la función simbólica es de carácter universal cuando se aplica a objetos universales, es decir, es invariable y transcultural (Mouret, 1990). Esa función simbólica, que se activa mediante el procedimiento de la analogía, pertenece a las más antiguas sabiduría . Propongo, así, seguir al pensador y poeta francés Gaston Bachelard como guía en la contemplación del fuego, contemplación que él mismo justifica con las siguientes palabras:

“La meditación de la llama ha dado al psiquismo del soñador un nutriente de verticalidad, un alimento verticalizante. Un nutriente aéreo que se ubica de manera opuesta a todos los nutrientes terrenales. No hay un principio más activo para dar un sentido vital a las determinaciones poéticas” (1961: 13).

El fuego provee al ser humano del aporte esencial del calor físico, que reúne a las personas en una comunidad donde se comparte el calor afectivo y el fuego espiritual. ¿Cuántas fiestas y celebraciones se realizan alrededor de un fuego que preside la alegría, la comunión, la reflexión, el canto, el sentirse feliz con otros semejantes? De hecho, la palabra fuego procede del latín focus, que derivó en fogón, fogata y hogar. Por analogía, la familia vive alrededor del fuego del afecto, del cariño y del amor.

Esta fogata se enciende mediante la frotación de dos palitos de madera o dos piedras de sílex, por lo que Bachelard asumirá que el origen del fuego resulta del encuentro –algo rudo– de dos elementos similares pero distintos, del mismo modo que el amor nace de la relación rugosa entre dos seres humanos próximos y diferentes. O, agregaremos, del mismo modo que la chispa surge entre los polos opuestos de un acumulador de energía, comparándolo con la tensión afectiva entre dos humanos, donde se genera la chispa amorosa. Por lo que Bachelard concluirá que el dios “roces” (frottation) produce a la vez el fuego y el amor. Ya en la mitología grecorromana se representaba a Cupido armado con un arco y una antorcha. En El psicoanálisis del fuego, Bachelard nos revela, en el uso más elemental del fuego, la cocción de los alimentos, una dimensión inmediatamente espiritual del elemento ígneo:

No se limita a cocer el pan, lo dora, hace la galleta crocante. Materializa la fiesta de los hombres. Hasta donde se remonte en la historia, el valor gastronómico prima sobre el valor alimenticio y es en la alegría no en la pena que el hombre encontró su espíritu. La conquista de lo superfluo da una excitación espiritual más grande que la conquista de lo necesario. El hombre es una creación del deseo, no una creación de la necesidad (1949: 37-38).

Tal dimensión espiritual del fuego se revela también en esa propiedad peculiar de su presencia sensible y evidente, mediante la luz y el calor que irradia, y a la vez la imposibilidad de agarrarlo. Como el espíritu, como lo divino, se manifiesta de manera patente y permanece inasible. El fuego le da sabor a los alimentos, como también le da sabor a la vida emocional y entusiasmo a la vida espiritual. Su acción es transformadora; purifica lo que consume, al llevarlo, mediante un proceso de regeneración, a un nivel cada vez más sutil. Este proceso de sublimación alcanza tanto los objetos como los hechos y a los humanos. Así, el fuego transforma el magma en mineral o en cristal, el mineral en metal, la madera en energía y ceniza, el líquido en vapor o esencia, el gas en luz (neón). Ese potencial se desarrolla, en general, en las transformaciones químicas y físicas a altas temperaturas, y en especial en las operaciones de la metalurgia. La cocción de la comida permite eliminar gérmenes y consumir alimentos indigeribles de otra manera. Igualmente, la transformación de los alimentos afectivos y espirituales, mediante el fuego del intelecto y de la fe, permite su asimilación.

Este proceso supone una activación que lleva a una forma de desestructuración temporal que se puede bifurcar hacia un estado degradado y más entrópico de caos letal (muerte) o hacia una recomposición neguentrópica, en un estado más ordenado y amplio que reorganiza y supera el estado anterior. Así nos lo explica, por ejemplo, la teoría del caos, del físico y premio nobel Ilya Prigogine, cuando trata de las partículas atómicas. Lo encontramos, igualmente, en la psicología del caos propuesta por el psicó- logo Manuel Almendro (2002) en el ámbito del mundo psicoemocional. En este último caso, es el ser humano quien, en su fuero interno, usando su libertad y su voluntad, en esta situación emergente y mediante un acto de fe en la vida, decide la orientación neguentrópica, vital… o, en su defecto, por no atreverse, se entrega a un destino entrópico mortífero. En otras palabras, o se arriesga a vivir dejándose llevar por la inspiración que lo empuja hacia la confianza y la aventura de la vida, o se abandona al caos que lo lleva de alguna forma a la muerte: desestructuración del sistema inmunitario, por ejemplo, que favorecerá la aparición de un cáncer o de algún tipo de patología degenerativa; o también el sometimiento al desorden mental y conductual. El fuego aparece, aquí, como el espíritu del conocimiento intuitivo. La activación del fuego se expresa físicamente en la creación de las máquinas a vapor, del motor térmico, del eléctrico y de la potencia del fuego nuclear; es decir, manifiesta un poder motor que permite movilizarse, pasar de un estado a otro, franquear umbrales. En esas aplicaciones físicas se implica un necesario control del poder activador del fuego, so riesgo de una activación destructiva, como con las armas de fuego y la bomba nuclear.

La dimensión intuitiva representa una función femenina; pero el espíritu del fuego puede –y necesita, igualmente– activar las funciones psíquicas masculinas y, en este caso, encender las capacidades racionales: el intelecto. Podemos proponer como hipótesis que la conciencia resulta del equilibrio de la activación de esas funciones complementarias. Vale decir que la conciencia se ilumina cuando apela a las funciones intuitivas, y que esas inspiraciones deben luego someterse al juicio de la razón. Una razón incendiada por el espíritu del fuego, pero sin contrapartida poética, inspiradora, femenina, resultará probablemente en un racionalismo estéril, como un desierto sin agua. Al opuesto, una intuición activada por el espíritu del fuego, pero que no se balancea con una estructuración masculina, nos promete una exaltación eufórica que puede llevar al delirio, como un tornado cuyas espiras bajas destruyen la tierra (rechazo de las realidades terrenales), mientras las espiras superiores intentan elevarse al cielo sin límite (locura, ambición desmedida, imaginación descontrolada). En consecuencia, el fuego puede promover la progresión hacia estados mentales más elevados, tanto como puede fomentar una regresión psíquica y espiritual.

De hecho, el aire y el fuego –ambos, elementos masculinos– tienen en común su capacidad de elevación, de asunción o, como ya nos dijo Bachelard, su potencial para verticalizar, enderezar. Sin embargo, esas potencialidades deben ser amaestradas, reguladas, canalizadas; y el dominio correcto del fuego constituye un tema central de numerosas mitologías, como lo ilustra el famoso mito de Prometeo en la tradición griega.

El fuego evoca, entonces, esa radicalidad de la combustión total para una transformación en otro estado; por ello, simboliza aspectos pasionales del alma humana. Invita al ser humano a una consumación total del yo en aquello que lo inspira de manera superior. Esa consumación supone una reducción del ego en algo que lo trasciende. En caso contrario, el ego se activa con el fuego y puede desembocar en una exaltación de sí mismo que se asimila a esa dimensión trascendental o se identifica con un arquetipo que lo fascina. En la corriente romántica encontramos esa exaltación de la tendencia a consumirse mediante una dispersión del yo que llevó muchos poetas a la muerte.

A lo largo de la historia humana, podemos visualizar este sacrificio por el fuego en numerosos hombres que se consumieron por alguna causa o ideal. Sin embargo, no podemos equiparar al bonzo budista tibetano, que se autoinmola por el fuego para defender la libertad espiritual de su pueblo, con el terrorista que se hace explotar en un lugar público para que lo acompañen la mayor cantidad de personas en su muerte. Uno ofrenda su vida gratuitamente por compasión; el otro destruye destruyéndose, por venganza u odio, y con la esperanza narcisista de conseguir el título póstumo de héroe, además de beneficios celestiales. No se puede confundir, en el mismo pueblo ruso llamado Sarov, el fuego espiritual que irradió el místico ortodoxo san Serafín, con el fuego nuclear que Stalin elaboró un siglo después en este mismo lugar.

Es que, como en toda función simbólica, el fuego asume su doble papel, vital y letal, transformador y destructor. De manera paradójica, aparece en el calor de la comunión humana tanto como en el odio y la cólera que dividen, confrontan y separan. Como los demás elementos esenciales, su presencia se requiere para el surgimiento de la vida, vida que, a la vez, es capaz de devastar, destruyendo todo a su paso. En cierta medida, diríamos que hay dos fuegos simbólicos. Al fuego ascendente, que lanza libremente sus llamas hacia el cielo, le corresponde en contraposición el fuego envolvente, que ataca a su presa y la devora sin piedad. El fuego puede asfixiar en lugar de inspirar, devorar en lugar de nutrir.

Dios y el fuego en la Biblia

El fuego, cuando simboliza la sabiduría divina, aunque siga “devorante” presenta una característica que lo diferencia de la consumación destructiva: arde sin consumir y alumbra sin cegar. Recordemos la zarza ardiente que, ante un Moisés estupefacto, arde sin consumirse (Ex 3, 2). La divinidad tiene atributos ígneos o es asimilada al fuego mismo en numerosas tradiciones. Ocurre, por ejemplo, en el libro sagrado hindú de la Bhagavad Gita: “Yo veo todos los dioses juntos en tu cuerpo, o Dios. Tienes un rostro de fuego cegador y tú llevas a jamás el universo entero en las llamas de tu energía” (Bhagavad Gita XI, 15-19). En numerosas culturas, la simbología animal vinculada al elemento fuego –a diferencia de lo que ocurre con los otros elementos– nos presenta animales con cualidades fantásticas que lo posicionan de inmediato como un elemento ubicado entre el mundo material y el etéreo o espiritual, entre el mundo manifiesto, sensible, y el imaginario, invisible. El agua se ilustra de inmediato con los peces, el aire con las aves y la tierra con numerosos animales que la recorren de mil maneras; el fuego no encuentra de inmediato una representación zoomorfa evidente en la mente humana, y nos genera la sensación de tener una doble naturaleza, tan evidente y sensible, y a la vez inasible. El fénix, también llamado “ave de fuego”, es un ave fantástica que renace de sus cenizas luego de una combustión, por lo que frecuentemente simbolizará la resurrección. La salamandra tiene la fama de no consumirse en el fuego, y será un símbolo medieval importante en el campo esotérico, la alquimia, la medicina de Paracelso, hasta ser adoptada por el rey Francisco I de Francia con el lema “Nutrisco et extinguo” (“Nutro el buen fuego y apago el malo”). El dragón expectora llamas de fuego… Otros animales reales incorporan el elemento fuego, pero en asociación con un elemento diferente: el mazdeísmo o zoroastrismo persa –que rezaba “Ofrezcan toda amargura al Fuego Sagrado y surjan grandes, nobles y piadosos”– tiene al gallo como símbolo zoomorfo central (ave-aire); China reconoce un símbolo de fuego en el tigre, que es también un felino (tierra)…

En este breve artículo nos limitaremos a hacer referencia a las múltiples manifestaciones de la divinidad en la Biblia bajo la forma del elemento fuego, que imprimen una importancia peculiar a este elemento como representación simbólica de la divinidad. Es de notar, en primer lugar, que la Biblia, en el Génesis, distingue la luz creada el primer día de la creación del astro solar y otras lumbreras creadas al cuarto día . La luz es el efecto primero y, a la vez, causa mediata de nuestro universo. En este sentido, el sol sería una representación secundaria de la divinidad creadora. Lo antecede una luz esencial: esta misma sería un atributo divino y no Dios en sí, que es no creado; es decir, Dios podría ser asimilado al sol del mundo invisible, como lo propuso el iluminista sueco Swedenborg. Dios es amor y verdad, y el calor y la luz son solamente sus emblemas. La alianza que Dios establece con la humanidad a través de Abraham será instaurada mediante el fuego. Así, Dios le dice:

Búscame una becerra de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón. […] El sol se puso, y en la oscuridad un horno humeante y una antorcha de fuego pasaron en medio de los pedazos. En este día, el Señor pasó alianza con Abraham en esos términos: Es a ti y a tu descendencia que doy este país, del río de Egipto hasta el gran río, el río Éufrates (Gn 15, 9-10; 17-18).

Dios se manifiesta a Moisés en la zarza ardiente, pero será también una columna de fuego que lo conducirá por el desierto para sacarlo de Egipto, el país de la esclavitud. En el monte Sinaí, Dios le habla a Moisés en medio del fuego. Cuando el Eterno entrega las tablas de la Ley al Patriarca, su trono era “como la llama del fuego y un río de fuego corría en su delante” (Ex 13, 21). Será también mediante “lenguas de fuego” que el Espíritu Santo bajará en Pentecostés sobre los apóstoles. Dios se manifiesta mediante un fuego que alumbra, guía, inspira, muestra un gran poder. Mateo nos señala que Juan-Bautista anuncia que Jesús viene a bautizar con el fuego:

Ahí viene aquel que debe venir. No soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él es quien los bautizará de Espíritu Santo y de fuego, cuando yo les bautizo con agua. Tiene la criba en la mano. Limpiará con perfección su área, amontonará el grano en su granero pero quemará la paja en el fuego que no se apaga (Mt 3, 11-12).

Se presenta aquí la dimensión purificadora del fuego: ser bautizado por el fuego significa ser liberado de la influencia demoniaca, ser sanado. Y al mismo tiempo se nos revela que, así como el fuego divino arde sin consumir, el fuego maligno, demoniaco, tampoco se apaga. La cualidad esencial del fuego espiritual es su dimensión eterna, tanto para el bien como para el mal. El fuego del infierno arde sin consumir tampoco a sus presas (Mt 18, 9).

Andrea et Jacopo Orcagna. Tríptico de Pentecostés, 1365-1370. Galería de la Academia, Florencia

Andrea et Jacopo Orcagna. Tríptico de Pentecostés, 1365-1370. Galería de la Academia, Florencia

El fuego interviene como elemento purificador en numerosos ritos religiosos, como en la tradicional incineración de los difuntos en la India ancestral y en el budismo; e incluso en prácticas antirreligiosas, desde la quema de brujas en las hogueras de la Inquisición hasta los rechazables hornos crematorios de los nazis o los desacralizados crematorios modernos.

Los santos preferirán ser purificados por el fuego del amor divino, fuego interior, que terminar presos eternos del fuego infernal, fuego exterior. Santa Teresita, doctora de la Iglesia, lo manifiesta de este modo: “Mi peso es mi amor, no pesamos nada por nosotros mismos, y si no nos purificamos mediante el fuego interior, el fuego exterior nos amenaza, en espera del fuego sombrío de las tinieblas exteriores”. Es de notar que el fuego infernal es sombrío y no alumbra el mundo de las tinieblas. Perdió sus cualidades divinas de activación espiritual, de iluminación, para devenir en un arder eterno que nunca llega a consumarse. Se transformó en fuego estéril, mientras que la verdadera iluminación espiritual, como prolongación y acogida de la luz divina, es altamente fecunda. Esta acción genésica de la más alta sacralidad, iniciada por la unión sacramental (matrimonio), se hace presente en el plano físico con el fuego sexual que “incendia el sacro”. Existe así una activación recíproca de los niveles físicos y espiritual, la primera sirviendo de manifestación analógica a la unión sagrada y sirviendo de ilustración sensible a la segunda, como se ve tanto en el hierosgamos griego como en la copulación divina de las divinidades hindúes.

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El ser humano auténticamente espiritual es aquel que intenta vivir el amor y que busca la verdad. El iniciado debe asumir el reto de domesticar su fuego interior, amaestrarlo de tal modo que sea cálido y suave, y a la vez veloz y firme para detectar a tiempo el peligro de la inflación-activación del ego e intervenir de manera oportuna y preventiva para controlarlo. Se trata de calentar el corazón o activar una fe débil, sin encender las pasiones ni exaltar el ego.

Fuego, fuerza masculina e incesto

En la historia de la humanidad, la evolución está marcada por el paso del estado indiferenciado, fusionado con la naturaleza, a un estado diferenciado (no totalmente separado) o estado cultural. Una etapa clave de esa evolución estuvo constituida por la domesticación del fuego y, de manera más tardía, con la de la sal. El fuego, que se manifestó naturalmente a través de los rayos, los relámpagos y los volcanes, fue domesticado por el homo erectus hace unos 450.000 años según pruebas prehistóricas. Se encontraron en África señales de fabricación de herramientas de piedra elaboradas con fuego hace unos 72.000 años. Esa lenta introducción del fuego supuso un cambio fundamental en la vida cotidiana de los humanos con el calor de la fogata (hogar), la capacidad de protegerse de predadores, el alumbrar la oscuridad, la cocción de los alimentos, el trabajo de las materias primas para fabricar herramientas (endurecer la madera, estallar piedras, fundir minerales…).

A nivel psíquico profundo, con el alejamiento de la inmediatez de la dependencia de las fuentes de la naturaleza –que se confortará mucho con la introducción secundaria de la sal–, el instinto de sobrevivencia pierde su imperiosidad. La separación de la dimensión instintiva y la creación de un espacio protegido liberan energías y otorgan un espacio de disponibilidad que permite el surgimiento del sujeto, de un “yo” capaz de decir “no”, de postergar necesidades, de aprehender una dimensión temporal histórica que se va desplegando. Sale de la cárcel de la inmediatez y puede extender su horizonte mental hacia el pasado y el futuro, acumular experiencias y prever necesidades. El ser humano ya no está apegado totalmente a la tierra-madre (diosa-madre). Sale de a poco del gran “útero” de la naturaleza para empezar a conceptualizar, razonar, anticipar, organizar su actividad y el tiempo. El acceso a la abstracción y la sistematización lo orienta hacia prácticas rituales que pretenden amaestrar la realidad negociando con el mundo invisible. En otros términos, surgen las funciones psíquicas masculinas. Este devenir de la humanidad se reproduce en cada ser humano particular hasta nuestros días. La ontogénesis recuerda la filogénesis. Cada niño vuelve a vivir, a nivel individual, el proceso de toda la humanidad recorrido hasta hoy en día. El embrión se gesta en el seno indiferenciado del útero materno, donde solo existe líquido amniótico y materia carnal; vale decir, donde predominan los elementos agua y tierra. Al nacer, el niño accede bruscamente a un mundo aéreo y luminoso, donde aparecen los elementos aire y fuego. El proceso va de los elementos femeninos hacia la introducción de los elementos masculinos. Esta etapa genera un estado de mayor diferenciación; el cuerpo único madre-hijo se ha vuelto doble: madre e hijo; el grado de dependencia y fusión entre ellos se ha reducido, y permite la autonomía progresiva de ambos. Esa separación es, además, absolutamente necesaria, so pena de muerte de ambos, madre e hijo. El amor entre madre e hijo cambia de nivel, crece cualitativamente a medida que la dependencia se reduce. Se pueden mirar a los ojos, reconocerse y reconocer su diferencia, y eventualmente negarse u oponerse. En esa adquisición de libertad, la posibilidad de decir “no” consolida el eventual “sí”; le otorga mayor validez. Así, cada separación aceptada extiende el espacio de libertad y permite acceder a un amor más libre y, por ende, más auténtico y más pleno, incondicionado. A mayor diferencia reconocida, mayor potencial de amor. La diferenciación se opone, entonces, a la dependencia, y crea el espacio posible y necesario para que se pueda desplegar el amor. Aumenta en el mismo movimiento la posibilidad de la negación del otro; el “sí” siendo libre nunca está garantizado, y este riesgo genera el temor de la pérdida del otro y la mayor resistencia al amor.

Este proceso físico-biológico se reproduce de manera similar en los ámbitos psí- quico y espiritual. El hijo (o hija) deberá separarse paulatinamente de la matriz psíquica de su hogar para encontrar su rumbo en la vida. Las tradiciones siempre han marcado, mediante ritos de pasaje, este tránsito del mundo de las “madres” a los de la adultez. En nuestra época moderna, la “crisis de la adolescencia” representa este paso difícil, más aún por no estar canalizado ni ritualizado adecuadamente. La dimensión simbólica significa que la imagen o símbolo se expande y cristaliza a nivel físico, psíquico y espiritual con la misma dinámica y el mismo sentido profundo. El ser humano está dotado de una función psíquica simbólica que le permite reconocer, a través del objeto-símbolo, el significado profundo del símbolo en los diferentes niveles de comprensión o significación y ello de manera simultánea. Este proceder está dotado de una fuerza particular cuando, además, el objeto-símbolo cobra una dimensión universal precultural, como ocurre con los elementos primigenios de la naturaleza; es el caso del fuego. Así, el fuego indica, en una dimensión simbólica universal, la introducción de las funciones masculinas que permiten la diferenciación necesaria para separarse de la fusión materna. Esta dinámica neguentrópica permite el mantenimiento y crecimiento de la vida. Su negación entrópica conduce a la muerte: física, si el feto no nace; psíquica, si el joven no sale de la matriz familiar; espiritual, si no nace a la vida espiritual mediante un paso iniciático.

En este sentido, el fuego representa simbólicamente un elemento esencial de diferenciación o, para usar el lenguaje de C. G. Jung, de individuación. En la relación madre-hijo(a), introduce el tercer elemento que permite la triangulación psíquica. La representación gráfica del fuego en numerosas culturas es precisamente de forma triangular (por ejemplo, la epigrafía runa), y posiblemente el origen de nuestra “A” como la forma de una llama que se eleva. Esta triangulación amplía el binomio de la relación dualista cerrada madre-hijo, y permite al hijo conquistar su independencia, con la identificación positiva de la figura paterna, para abrirse a otra mujer distinta a su madre y así perpetuar la vida. En suma, evita la permanencia en la relación incestuosa cerrada sobre sí misma y destinada a la degradación y la muerte.

Podemos asimilar la domesticación del fuego, en el desarrollo de la humanidad, al reconocimiento o consolidación de la prohibición absolutamente necesaria del incesto como fundadora de la vida en sociedad y salida vital del “salvajismo”. Se entiende aquí el estado “salvaje” como el aprisionamiento en las necesidades instintivas de sobrevivencia; y en el ámbito psíquico, como un sometimiento a las pasiones o pulsiones emocionales de base. Recíprocamente, la tendencia contemporánea a desechar las funciones masculinas, psíquicas y espirituales –por ejemplo, en las corrientes autorreferenciales de la Nueva-Era (New-Age) o en la masificación consumista– se ilustra en el rechazo del fuego en sus diversas expresiones; por ejemplo, en el plano alimenticio es notorio el repunte del interés por las dietas con alimentos crudos, hasta las prácticas crudívoras completas y permanentes. Los afiliados al New Age que se identifican con las culturas precolombinas se reclaman de los cultos ancestrales a la Madre-Tierra, la Pachamama, pero no reivindican el culto al Inti (sol) inca ni al sol azteca. Los cultos panteístas vuelven a florecer; y los mismos que están seducidos por el retorno a la naturaleza rechazan con vehemencia la simbología solar de las corridas de toros o de las peleas de gallo. No resulta sorprendente que la negación de la dimensión ígnea (sol-fuego) induzca fenómenos de comportamientos incestuoso y/o incestuales.

La instintoterapia, un caso emblemático

A modo de ilustración de las relaciones entre el rechazo al elemento fuego, el intento de negar las funciones psíquicas masculinas y el fomento del incesto –con sus consecuencias psicoespirituales–, queremos detenernos un poco en el ejemplo emblemático que representa la corriente alimenticia denominada “instintoterapia” o, más elegantemente, anopsología. El físico suizo Guy-Claude Burger, su fundador, expuso su teoría en La guerre du cru (La guerra de lo crudo, 1985). Explica en esta obra que “un alimento es llamado original si no es modificado por ningún artificio propio de la inteligencia conceptual; alimento tal como ha sido dado por la naturaleza, por ejemplo tal como un animal se lo puede conseguir en su biotopo natural” (Burger, 1985) . Por lo que da a entender que la “inteligencia conceptual” del ser humano sería un problema, una interferencia, un artificio, y que tendríamos que volver a un estado natural propio de los animales. Ello plantea claramente una revisión de lo que es la “naturaleza humana”, ni más ni menos. Paradójicamente, apela a su propia inteligencia conceptual para apoyar sus consideraciones sobre una inadecuación o inadaptación de la genética humana a la introducción de alimentos transformados por lo que llama la “desnaturalización térmica” (cocción, secado al calor). La vuelta al instinto recrea esa fusión con la naturaleza, sin interposición de una dimensión masculina ni cultural. Precisa, en esa misma dirección, que

[…] desde un punto de vista antropológico se puede considerar el arte culinario como el resultado de una especie de cortocircuito entre la inteligencia y el instinto, con la primera permitiendo transformar los datos exteriores para conseguir el placer a voluntad, lo que equivale a engañar al segundo. En la naturaleza original, todo lo que es bueno para el paladar lo es para el cuerpo, y todo lo que es malo para el cuerpo lo es para el paladar. Basta con entregarse a las atracciones naturales, es la ley de placer (Burger, 1985).

La transposición a nivel psíquico deja entender que la solución a la infelicidad humana y a la enfermedad reside en la “forclusión” (prescripción-exclusión) del padre, como diría un psicoanalista; es decir, su eliminación o confinamiento en un simple rol de fecundador pasajero. La ley no la dictaría el “padre” sino la madre-naturaleza. El padre es inútil y solo entorpece el placer inmediato, se entromete e interfiere en la relación directa con la “madre”, representa una molestia e impedimento al estado de fusión, que es la única fuente de felicidad. La función esencial de las figuras o funciones paternas: colocar límites, delimitar territorios, enseñar a tolerar la frustración en pos de un bien superior, postergar expectativas, construir en el largo plazo, todo ello es negado. La vuelta a la matriz “naturaleza” anticipa, a nivel psíquico, una invitación a la relación incestuosa. Se apunta hacia el bien subjetivo e inmediato, eliminando la orientación hacia un bien objetivo y mediato. Se entiende como bien subjetivo la gratificación inmediata del deseo –comer los dulces, para un niño–, la “ley del placer” que reclama Burger, y como bien objetivo el apuntar hacia la plena realización del ser, es decir, su salud física, mental y espiritual –en este ejemplo sencillo, limitar este consumo de dulces para evitar problemas dentales o diabetes–. Obviamente, escoger la prioridad del bien objetivo, de naturaleza superior, frustra en una primera instancia el bien subjetivo, ya que el beneficio no es inmediato y se constatará solamente a largo plazo, lo que supone la capacidad de diferir las expectativas y aprender a tolerar la frustración.

Burger insistirá en la poca diferencia entre el genoma humano y el de los simios para justificar el retorno a nuestra naturaleza (animal), negando de hecho la dimensión espiritual del ser humano. En este esquema, la realización espiritual como bien objetivo superior no tiene consistencia y no representa la finalidad humana. La ley sería el producto arbitrario de la sociedad o de la cultura y no una ley natural inmanente, imperiosa, inscrita en la misma naturaleza profunda del ser humano, que resultaría ser solamente un animal sofisticado. Este posicionamiento –que, con variantes según los espacios donde se expresa, se encuentra muy difundido hoy en día en nuestra sociedad posmoderna desacralizada, relativista y hedonista– plantea nada menos que un cuestionamiento sobre la naturaleza humana.

De hecho, esa perspectiva subyacente al discurso aparentemente racional de Burger sobre la alimentación y la genética no tardará en plasmarse en una nueva propuesta de su autor en un proyecto de “desarrollo metapsíquico” que surgiría de una “función amorosa y sexual no reproductiva”. Añade que “el conocimiento de la programación genética de las pulsiones sexuales es indispensable para devolver a las experiencias amorosas su dimensión trascendental, única capaz de brindarnos la felicidad”. Propone, así, una sexualidad igualmente instintiva que se aparte de los esquemas dictados, según él, por la sociedad, y que permitiría desarrollar facultades extrasensoriales como la videncia o la telepatía. Esta propuesta de “amor universal y libre”, sin criterio ni de edad ni de sexo ni de nivel de relaciones de parentela, derivará rápidamente en prácticas sexuales indiscriminadas, sin límites, y desembocará finalmente en la promoción de relaciones pedófilas e incestuosas. Burger llevó de manera implacable la lógica de la indiferenciación hasta sus últimas consecuencias; por ello, será sentenciado penalmente varias veces. El esquema incestuoso se reprodujo con su propio hijo, David –con quien Burger había mantenido relaciones sexuales–, también perseguido por la justicia debido a las mismas razones.

Lo que sabemos de la historia personal de Guy-Claude Burger por sus propias revelaciones durante su juicio es que a los 12 años tuvo una relación sexual con un compañero de colegio, en la que habría tenido una “visión extrasensorial”. “Toda mi vida he buscado reencontrar esta dimensión mágica del amor”, sostuvo. Su primera sentencia por abuso de menores antecede la elaboración de su teoría metapsíquica, que parece más bien ser una justificación a posteriori de sus conductas. A los 24 años sufrió un cáncer incurable, un sarcoma linfoblástico de la laringe que lo llevará a aislarse en una granja, lejos de la civilización, sin electricidad, donde auto-sanará. A partir de esa vivencia, y apelando a los recursos de sus conocimientos científicos y a su gran capacidad racional, elaborará su teoría de la instinto-nutrición.

La búsqueda de amor, que constituyó el motor de Burger, derivó en ese primer episodio de indiferenciación celular con un cáncer de la laringe, ubicación simbólica de la palabra amputada, que nos hace pensar en el imperativo permanente de las relaciones incestuosas: “no hablar”, no revelar el secreto, mantener el silencio. Lo podemos relacionar también con el “Verbo”, palabra fecundadora del Padre creador, que estaba en el principio de toda vida y trae la luz que vence las tinieblas, como lo señala el prólogo de San Juan. El proceso de indiferenciación prosiguió, entonces, con la alimentación instintiva y luego con la indiferenciación sexual, cerrando el círculo sobre sí mismo, donde había empezado (incesto primitivo), imagen misma del incesto, que constituye una especie de “máquina” cerrada sobre sí misma asociada con la abolición de la filiación, de la jerarquía, de la transmisión de la Vida. Donde no se aceptó la ley del padre se impuso finalmente la ley social con su condena penal que, lamentablemente, lejos de permitirle acceder a la conciencia de la falta, lo confirmó en el hecho de que la función paternal delegada a la ley social era injusta, abusiva y fuente de infelicidad. Si la prohibición del incesto constituye el fundamento de la vida en sociedad –como se observó de manera universal a través de la antropología–, la denegación del orden y el vínculo social entraña inevitablemente el rechazo a esa prohibición y, por ende, la reivindicación del incesto como natural y hasta necesario para lograr la felicidad.

De algún modo, en lenguaje junguiano, se entregó conscientemente a su ánima (fuerza anímica femenina del varón); se dejó poseer por ella. La disociación primitiva –que se somatizó en un cáncer– se trasladó a un nivel psíquico y espiritual, lo que permitió sanar el cáncer, pero induciendo una especie de “delirio racional”: el amor se vuelve satisfacción del instinto de fusión y no crecimiento hacia la individuación, y las aspiraciones espirituales se manifiestan en búsqueda de poderes extraordinarios (extrasensoriales, sobrenaturales), más allá de todo límite natural. El otro no existe como tal, diferente, sino como un doble donde se proyecta el sujeto, contemplándose sin fin, a semejanza del enamoramiento de Narciso por su propia imagen. La idolatría de sí mismo, la autosuficiencia, la autogeneración incestuosa hacen eco de un concepto divinizado de sí mismo –que apela a poderes mágicos o casi divinos–, no creado, sin filiación y, otra vez, sin padre.

¿Qué tamaña dimensión egótica autoriza a un ser humano a considerarse el renovador de la raza humana desde sus albores, desde la introducción del fuego y de la agricultura? De hecho, Burger se da cuenta de que “la extensión a gran escala sería una verdadera revolución. Habría que modificar la agricultura, la ganadería, la restauración y muchas cosas más; en breve, cambiar la sociedad” (1985) y lo acepta… Es preciso reconocer que la inspiración inicial de Burger de una necesidad de “volver hacia atrás” para encontrar el lugar herido en su interioridad y curarlo es justa y sana. Es de notar que numerosos pacientes se han beneficiado de la instintoterapia en patologías graves de tipo degenerativo y muchos científicos se han dejado convencer por la argumentación racional de Guy-Claude Burger. La posesión de un ser humano por potencias psíquicas inconscientes no deja de fascinar. Revela un poder excepcional que supera las fuerzas humanas habituales (de ahí la noción de “posesión”), ya que se da, en esos casos, una forma de constelación de un arquetipo de enorme carga energética anímica –para retomar el lenguaje junguiano–. Representantes de la ciencia positivista y materialista no notaron nada reprochable en la teoría de Burger en relación con los conocimientos científicos actuales; y se entiende, en un contexto que fomenta una ciencia desprovista de alma, que niega la dimensión espiritual, la del sentido y finalidad de la vida, y no se cuestiona sobre la naturaleza humana. Sin embargo, esa inspiración inicial –tal vez salvadora en un comienzo para Burger– no fue balanceada por una racionalidad justa, sino que derivó en un racionalismo integrista, una especie de fundamentalismo; devino en una radicalidad extrema con inflación del ego (la figura del gurú), sin límites, que le otorgó la “fogosidad” (reaparece el fuego) de su lucha permanente contra las figuras de la ley y del padre, encarnadas, para él, en la sociedad y la cultura, y que esconde una denegación del Padre celestial o espiritual.

En las medicinas tradicionales, como en las grandes tradiciones religiosas, ha sido reconocida la intuición sana de Burger sobre la necesidad de fases de regresión a épocas anteriores de nuestra vida para reparar una herida o transgresión histórica. Va desde el ayuno de los religiosos hasta las dietas iniciáticas del chamanismo amazónico. Sin embargo, la diferencia fundamental reside en el hecho de que esas regresiones solamente pueden ser transitorias o temporales; es decir, apuntan finalmente a una mayor diferenciación ulterior, que pasa como excepción por una fase de indiferenciación limitada en el tiempo y en condiciones precisas. La finalidad, en estos casos, es evolutiva; mientras que la radicalidad de la propuesta de Burger la posiciona como involutiva, finalmente, en cuanto al devenir espiritual del ser humano. Propone la regresión en sí como una solución definitiva.

El episodio regresivo está dotado potencialmente de una gran peligrosidad, que es la posible vuelta a la matriz primigenia; esto es, la transgresión de la prohibición del incesto. Tal regresión requiere un posicionamiento claro tanto en la intencionalidad del paciente como en la de su terapeuta-guía. No se trata de un simple procedimiento de naturaleza física, ya que incluye una dimensión psíquica y espiritual trascendental; por ende, exige un marco ritual-litúrgico que lo posicione a este nivel. El ritual incluye la solicitación de un permiso a las potencias espirituales que autorizan esa regresión temporal, la que apunta, en última instancia, al bien objetivo del paciente, a largo plazo y en una perspectiva de devenir diferenciado. Por otra parte, para evitar la confusión de niveles (material y espiritual), ciertas reglas básicas encuadran estas regresiones temporales restableciendo límites que marcan la presencia de la Ley y señalan que la función masculina no está evacuada, sino, al contrario, canalizada, y guía el estado regresivo. De manera constante, la regresión se acompaña de la abstinencia sexual, con el fin preciso de evitar que la indiferenciación inducida se transforme en estado de fusión incestuosa. El tiempo de la regresión está marcado por procedimientos o prácticas espirituales como la oración y la meditación. En resumen, restablece siempre la noción de sacrificio que consiste en transmutar una energía física en una psíquica, y una psíquica en una espiritual. El tiempo de la dieta-ayuno se ofrenda de tal modo que sea inútil en términos funcionales, y que esté dedicado en pos de una evolución psíquico-espiritual; es decir, este tiempo-espacio se consagra. Lo que se pierde en términos de rentabilidad material o funcional, se gana en el espacio mental y espiritual. Estamos muy lejos de la búsqueda de placer inmediato propuesta por Burger, que desemboca sin límites en actividades de tipo sexual.

Es interesante observar que la mayor parte de los pacientes de Burger retornaron paulatinamente al consumo de alimentos cocidos y obtuvieron, entonces, una segunda etapa de mejoría. Otros pocos siguieron sus pasos hacia la radicalización permanente de su alimentación instintiva y el seguimiento de una postura sectaria peyorativa, en la que Burger actuaba como gurú.

Tabaco y marihuana

Hemos señalado anteriormente cómo la flecha de la evolución va de lo femenino hacia lo masculino de manera invariable, tanto en el nivel físico (gestación-nacimiento) como psíquico-emocional (ritos de pasaje) y espiritual (iniciación). Se trata, en cada etapa de la vida, de transitar desde los aspectos nutritivos que otorgan las matrices (física, familiar-cultural y finalmente religiosa) hacia el ordenamiento y la verticalización de esas “materias primas”. Como reza el dicho: “La madre da, el padre ordena”. Cada matriz, en cada nivel, proporciona información, de manera incondicional y generosa; datos que luego requieren ser ordenados en función de un fin. El mantenerse a un nivel matricial es equivalente a coleccionar datos sin fin, hasta sucumbir bajo la confusión y el avasallamiento. Algunos coleccionan cajitas de cerillas; otros, conquistas amorosas o experiencias espirituales. Todas estas no solamente son inútiles a largo plazo, sino que entorpecen el camino de la evolución personal si no se ordenan en función de un fin y si no permiten transitar hacia estados más evolucionados de conciencia.

Para ilustrarlo a nivel material, podemos considerar a una persona que amontona sin fin ladrillos sin jamás pasar a la etapa de elaborar (inteligencia conceptual) el plano de su casa ni de empezar, por consiguiente, su construcción (actos concretos). Otros amasan dinero para un porvenir que jamás definen y se mueren con una plétora de billetes o cosas materiales en previsión de un soñado futuro cuyo devenir siempre se posterga y nunca llega... Más sutilmente, podemos coleccionar relaciones sexuales, conocimientos, lecturas, películas, placeres, diplomas, “amigos” en internet, etcétera, y así intentar llenar nuestro vacío interior con “cosas”, pretensión destinada inevitablemente al fracaso.

Las plantas-maestras o plantas sagradas de las tradiciones tienen la peculiaridad de generar, sobre el ser humano que las ingiere, efectos a los tres niveles y de manera simultánea: físico, psíquico-afectivo y espiritual. Están dotadas, como el ser humano, de esos tres cuerpos: físico, energético y espiritual. Es precisamente en este mismo orden que deben ser incorporadas, de tal modo que alimenten esos diferentes cuerpos de manera adecuada y consecutiva. El nivel o grado de nutrición dependerá de la metodología empleada, que solicitará la energía de la planta en uno o varios de esos niveles. La correcta ritualidad de las ingestas solicitará la planta, por decirlo así, en un nivel u otro, para que actúe en el nivel correspondiente y según un orden de potencialización creciente, desde lo material hacia lo espiritual.

Si ingerimos hojas de coca para digerir mejor o combatir el mal de altura, una infusión simple sin ritual, sino el de la cocción y preparación adecuada, será suficiente. Es el nivel de solicitación física. Si deseo utilizar la hoja de coca para el tratamiento de problemas psicoafectivos de un paciente, es necesario someterlo a cierta preparación, con purgas previas, por ejemplo, dieta alimenticia, control de la sexualidad y otros requerimientos. Si apelo a la coca para adquirir un conocimiento sobre verdades espirituales u obtener sabiduría, se requiere una ritualidad precisa, conducida por personas iniciadas. Se trata siempre de la misma hoja, pero no de los mismos efectos ni expresados en los mismos niveles. Para usar otra terminología científica equivalente, podríamos decir que la activación de la energía de la coca ubica sus efectos sucesivamente a nivel molecular (físico), atómico (psicoemocional-energético) y, luego, cuántico o subatómico (espiritual-conciencia).

El tabaco y el cannabis poseen características comunes: son muy marcados en sus funciones sexuadas y reparten sus posibilidades de ser consumidos en las cuatro formas elementales simbólicas: agua (ingesta líquida), tierra (ingesta sólida), aire-fuego (fumadas). Lo que los diferencia fundamentalmente es su oposición sexuada: mientras que el tabaco se considera una planta ciento por ciento masculina, el cannabis es ciento por ciento femenina –por lo que prefiero llamarla aquí marihuana, es decir, María-Juana, nombre que caracteriza mejor esa cualidad sexuada femenina–. Esas características sexuadas se manifiestan en el ser humano con efectos físicos, psíquicos y espirituales de cada sexo correspondiente, o, en otras palabras, potencian en el ser humano las funciones sexuadas correspondientes: las masculinas por el tabaco y las femeninas por la marihuana.

Esas dos plantas psicoactivas –las de mayor consumo mundial– son altamente sagradas y medicinales en los pueblos originarios; y constituyen, paradójicamente, el primer problema de adicción y toxicomanía a gran escala en nuestra modernidad. Vemos en su uso lúdico o recreativo, precisamente, una doble profanación del orden de la vida. La primera profanación consiste en alterar el orden de proceso de diferenciación que, como lo hemos explicado, procede siempre, y a todos los niveles, de lo femenino a o masculino. Esto significa, en el campo del consumo de esas dos plantas, que se debería empezar con una ingesta en formas sólidas y líquidas, para luego, en una segunda etapa, recién ingerirlas en forma aérea-ígnea (fumadas). Sin embargo, se pasa habitualmente de frente al consumo fumado de esas plantas, obviando la necesaria integración previa de sus energías a nivel físico (tierra) y emocional (agua). La activación de sus potencialidades psíquicas y espirituales mediante el fuego fascina a su consumidor, cuya actividad mental se potencializa y cuya inspiración se exacerba. La falta de preparación en los terrenos somáticos y afectivos no permite su integración en esos dos niveles, lo que genera, consecuentemente, una degradación física y un empobrecimiento emocional. En sus extremos, el tabaco, masculino, induce una indiferenciación física y procesos cancerosos, especialmente en las vías respiratorias, las de la “inspiración” (de orden masculino); y la marihuana, femenina, induce una indiferenciación psíquica y espiritual que puede desembocar en los siempre más frecuentes brotes psicóticos cannabinoides. El sujeto accede a verdaderas informaciones de tipo espiritual, pero no está preparado para su debida integración en este mismo nivel. Trata de entender sus inspiraciones – vale decir, interpretarlas e integrarlas a nivel psíquico-mental– sin pasar por el cuerpo y el corazón, generando así una falsa espiritualidad, seductora, mentalizada y carente de capacidad de concretización. Tiende a perder el contacto con su propio cuerpo físico y sus propias emociones. Este fuego robado reproduce el mito prometeico, transgresión castigada por al aprisionamiento del sujeto en las cadenas de la dependencia. En los pueblos originarios amazónicos, el tabaco se consume primeramente en extractos crudos o cocidos, que generan visiones y sueños, y con ausencia total de adicción. Luego de un prolongado aprendizaje, el iniciado accede eventualmente a fumar el tabaco, en circunstancias siempre codificadas. Similarmente, en la India, la marihuana se consume en forma de decocción, con reglas precisas de ingesta, o sólida, en la alimentación, antes de ser fumada por las personas iniciadas. En ambos casos, el consumo fumado no genera visiones, mientras que el consumo ritualizado de la forma líquida sí permite acceder a lo que se juega a nivel inconsciente. Como en toda adicción, la ausencia de visión es una característica, mientras que los preparados visionarios (mal llamados “alucinógenos” por la tradición médica) nunca jamás generan estados de dependencia.

La segunda profanación consiste en un consumo desritualizado, en el que, por ignorancia, no existe una solicitación adecuada de las energías de esas plantas. Cuando existen prácticas rituales espontáneas, improvisadas, muchas veces son incorrectas porque el sujeto ignora las leyes de la función simbólica y cree que su buena voluntad o su gusto estético pueden compensar esa carencia. Encontramos de nuevo esa tendencia a rechazar las funciones masculinas, el bien objetivo, y responder al bien subjetivo eximido de reglas y leyes. El “amor” (buenas intenciones, buena gente, funciones femeninas…) cree suplir eficazmente la falta de “conocimiento” que implica orden y estructura (funciones masculinas). Se trata, precisamente, de un amor que se mantiene a nivel físico, del eros, o “sentimental”, acuoso, de la phylia, y no pasa a la dimensión del amor espiritual, de fuego, del ágape.

Las mujeres que tienen dificultades relacionales con lo masculino pueden satisfacer inconscientemente su necesidad de alimentarse de energías masculinas mediante la ingesta del tabaco fumado, sin tomar en cuenta la fuerza viril de esta planta. Temerosas del “poder” masculino –que perciben como dominante, aplastante y hasta destructor–, creen tenerlo bajo control y a disposición a su antojo mediante el uso de tabaco, sin necesidad de asumir el proceso de diferenciación, donde precisamente se confrontan a su diferencia con un hombre de carne y hueso, que revela lo incompleto de su naturaleza. De manera similar, los hombres incómodos en su relación con las mujeres, asustados por el “poder” y dominio potencial de la mujer sobre ellos, que perciben como invasor, envolvente y hasta asfixiante, pueden enamorarse sin peligro evidente con la marihuana, cayendo, sin embargo, en las seducciones sutiles de esa energía femenina, con una alienación adictiva inconsciente y casi imperceptible. Evitan este mismo proceso de diferenciación supliendo su carencia de energía femenina mediante la “mujer postiza” que representa la marihuana. Hombres y mujeres pueden aprender a diferenciarse jugando mutuamente para el otro el papel del alter ego confrontador y revelador.

Los desafíos de esa diferenciación se plantean con fuerza en la adolescencia, época en la cual se inician generalmente esos consumos compulsivos. Esa inversión puede adoptar rasgos caricaturales cuando una mujer que fuma mucho tabaco llega a masculinizarse físicamente: voz ronca y piel seca, ademanes viriles y, por lo general, cabello corto y pantalones. Asimismo, conocemos hombres feminizados por un alto consumo de marihuana, que llevan cabello largo, ropa suelta y adornos corporales (aretes, pulseras, etcétera), y que adquieren una silueta ondulante.

Esos extremos caricaturales ilustran cómo las energías masculinas o femeninas del tabaco o de la marihuana llegan a impregnar a la persona desde lo espiritual más sutil hasta las funciones psicoemocionales y, finalmente, hasta las dimensiones más somáticas y visibles, físicas y conductuales, modificando la imagen de sí mismo y la identificación sexual. Podemos apreciar cómo la ecuación diferenciación, dependencia y fuego se repite de diversas maneras, pero desemboca en las mismas constataciones.

Efectos previsibles de las plantas de fuego

En vista de lo que se ha podido conceptualizar de la función simbólica del fuego tanto a través de su historia en la vida de la humanidad como en el ámbito individual, podemos postular ciertos efectos previsibles de las plantas llamadas “de fuego”, es decir, cuyo elemento de referencia es ígneo.

Antes de esto es necesario señalar que el uso del fuego es un activador de las potencialidades de todas las plantas medicinales. Vale decir que su cocción les atribuye cualidades más fuertes, más allá del efecto de concentración por reducción del líquido en el cual se las cuece. Los curanderos amazónicos prefieren, en general, usar las plantas no cocidas al inicio de un tratamiento o cuando consideran que son personas débiles. Esta precaución se aplica en especial con las plantas-maestras o plantas de enseñanza que usan en dietas-retiros en la selva.

A nivel físico

Evidentemente, a nivel somático, las plantas de fuego generarán una sensación de calor, hasta de quemadura en ciertos casos, con una elevación de la temperatura corporal. Así, el uchu sanango (Tabernaemontana sananho) toma su nombre del vocablo uchu, que en quechua significa ‘ají’, por su sabor al ingerirlo. Algunas plantas, como el shillintu (Zigta longifolia), se usan en medicina tradicional para inducir una fiebre artificial que permite quemar las toxinas y eliminar microorganismos termolábiles como los virus; o como el jugo de la patquinilla (Xanthosoma sp.), que se aplica para destruir la micosis en las uñas. Las plantas de la familia de las aliáceas, como el ajo sacha, presentan un popular efecto cáustico, al cual se acude para quemar verrugas cutáneas, y efectos caloríficos (en ingesta oral u aplicaciones locales) que sirven para calentar articulaciones de personas que sufren de reumatismo, exacerbado por un clima frío y húmedo.

Efectos sobre el sistema sexual y reproductivo

Queremos detenernos aquí en el síndrome del “choque térmico” descrito por las medicinas tradicionales y prácticamente ausente de la nosografía occidental. La medicina tradicional amazónica atribuye una gran importancia a los choques térmicos, susceptibles de desbalancear funciones fisiológicas. Una ilustración de ello es el caso, desconocido por la medicina convencional, del bloqueo de la ovulación por resfrío brusco del bajovientre de la mujer al momento de la ovulación y de la menstruación. En esos momentos, el sistema genital-reproductivo de la mujer está “caliente”, con mayor irrigación sanguínea, y el hecho de bañarse con agua fría, por ejemplo, puede provocar este choque térmico que induce una sideración duradera de las funciones normales del aparato reproductor. Las consecuencias pueden ir desde una dificultad para menstruar hasta una amenorrea completa y la esterilidad permanente. La menstruación, en el concepto tradicional, representa no solamente una limpieza física por ausencia de implantación de un óvulo fecundado, sino también una oportunidad mensual de evacuar toxinas del cuerpo. La sangre menstrual puede cargar, además de toxinas físicas, energías negativas de tipo anímico que influyen de manera desfavorable sobre el estado mental de las personas. Este elemento vital asume una función psicoespiritual o energética. La retención de la sangre menstrual puede intoxicar a la propia mujer, como se ve en épocas premenstruales, cuando cambia su carácter y se manifiestan signos de intoxicación, como cefaleas, por ejemplo, que desaparecen apenas empieza la evacuación de la sangre. La modificación de la energía corporal durante la menstruación se constata popularmente desde tiempos inmemoriales con el fracaso al hacer prender plantas que siembran, o “cuajar una mayonesa”. Pero se puede llegar a un grado tal de intoxicación que genere una verdadera confusión mental, suprema irritabilidad, agresividad o hasta alucinaciones e ideas delirantes que aparentan una patología de orden psiquiátrico. El maestro Ignacio Pérez Ortiz, de Rumisapa (San Martín), era un gran especialista de esos casos que trató frecuentemente. Durante una visita conmigo al hospital psiquiátrico Larco Herrera de Lima me designó a una mujer y me dijo “no está loca, está intoxicada por su propia sangre, basta provocar su menstruación y se podría sanar”. Recomendaba a las mujeres no tirarse en los ríos ni ponerse bajo una ducha fría durante su menstruación, y lavarse los genitales con paños tibios. Se extrañaba de observar en las playas limeñas a las mujeres exponiéndose en pleno sol para broncear y de repente tirarse al mar sin transición; lo consideraba muy peligroso.

Por ello, en muchas tradiciones a la mujer se la considera “impura” durante su periodo menstrual y deben respetarse una serie de reglas destinadas a evitar que su energía afecte el entorno. En la sierra sur del Perú, las mujeres que están menstruando no son autorizadas a penetrar en las minas, ya que ello podría provocar desgracias, accidentes o agotar la veta de minerales. Luego del periodo de menstruación, muchas tradiciones religiosas –por ejemplo, la judía– han instaurado ritos de purificación; en la India incluso ciertos templos están destinados a esta función. Desde las religiones primitivas hasta los monoteísmos, numerosas reglas indican cómo manejar este periodo particular de la mujer, cuando su “energía” tendría cualidades profanas y tóxicas. En la tradición médica amazónica, la mujer en época menstrual no está autorizada a participar en ceremonias curativas ni dar remedios; en general, se prefiere solicitar niñas prenúbiles o mujeres menopáusicas para atender la comida de pacientes, o jóvenes en curso de iniciación con las plantas sagradas o plantas-maestras. Los maestros curanderos no deben tener relaciones sexuales cuando su esposa está menstruando y recomiendan lo mismo a todo hombre que quiera mantenerse sano. Según el taita Humberto Piaguaje, de la etnia siona, de Colombia, un maestro debe evitar comer fuera de su casa, ya que nunca se sabe si la cocinera de un restaurante tiene su regla cuando prepara los alimentos. Afirma que esa energía tóxica puede afectar la comida de manera imperceptible, pero que a largo plazo puede dañar la salud del maestro. Se considera que la mayor longevidad de las mujeres en toda la humanidad, más allá de costumbres alimenticias, razas y culturas, podría derivarse de esta oportunidad especial de las mujeres de limpiar energéticamente su sangre durante varios decenios de su vida reproductiva.

La medicina amazónica propone, entonces, calentar de nuevo una matriz femenina bloqueada luego de un choque térmico gélido, esencial para una buena vida reproductiva y la prevención o sanación de ciertos disturbios psicológicos y hasta psiquiátricos. Se prepara lo más frecuentemente un jarabe de kion o jengibre (Zengiber officinale), planta de fuego, y se toma durante un par de semanas o hasta que se desencadene la menstruación. En esa misma lógica, las plantas de fuego estimularán la actividad sexual en general (tanto de hombres como de mujeres), recalentando la “frigidez” y la impotencia sexual. Las tomas son a menudo acompañadas de sueños eróticos y despertar de la sensualidad apagada o “congelada”. Es de notar que la medicina tradicional energética china llega a las mismas conclusiones, considerando que durante las reglas, si una mujer se baña en agua fría, se solicita demasiado a los riñones. A la larga, el meridiano del recalentador interno se agota y no puede luchar eficazmente contra el frío externo. Con su calor yang, un vaso de aguardiente permite hacer circular de nuevo el qi (energía vital) que estaba entorpecido.

Estimulación y corrección del sistema inmunológico

La asociación de los efectos de activación y verticalización (u reordenamiento) produce, a nivel somático, una corrección y consolidación del sistema inmunitario. Se reestructuran las funciones de defensa y se reactivan. En cierto modo, se consolida la identidad biológica del sujeto manifestada en las peculiaridades únicas y singulares de su inmunidad. Por tal razón, el uso de esas plantas puede resultar adecuado en caso de deficiencias inmunológicas o enfermedades autoinmunes y degenerativas, que poca fortuna obtienen con la medicina alopática. En esas patologías, la medicina convencional considera necesario reducir aún más las defensas inmunológicas, deprimirlas, exponiendo el sujeto a enfermedades oportunistas, hasta eventualmente “apagar” todo su potencial de defensa, sustituido por el uso de corticoides que se asocian tarde o temprano a los inmunosupresores. Esos métodos son irreversibles y generan una dependencia farmacológica que va creciendo, a la vez que se degradan las respuestas naturales del organismo o lo que quedaba de ellas. Se observa empíricamente que las plantas de fuego permiten reordenar esas respuestas naturales del organismo, que a veces se han vuelto autodestructivas, y activarlas para que el sujeto recupere su autonomía defensiva y la integridad de su identidad biológica.

Exceso de humedad-frío

El fuego permite calentar lo frío y evaporar el agua. La medicina tradicional amazónica aplica esta observación empírica al uso de plantas de fuego en síndromes en los que se observa un exceso de esos elementos. Una indicación clásica de estas prácticas ancestrales reside, por ejemplo, en el tratamiento del reumatismo asociado a un clima frío y húmedo, en el cual los reumáticos observan una agudización de sus dolores, o para personas reumáticas que trabajan en contacto con agua fría, inductora de esos malestares. Los resultados clínicos empíricos evidencian, sin ninguna duda, los buenos resultados terapéuticos en esos casos. A la inversa, una artritis inflamatoria (“cálida”) representa una posible contraindicación para el uso de plantas de fuego, que podrían agravar el cuadro clínico. En el asma se observa, igualmente, una inmersión del sistema respiratorio del sujeto en un exceso de “agua”. Plantas como el ajo sacha (Mansoa alliacea) muestran efectos muy positivos en la curación de esta enfermedad.

A nivel psicoespiritual

Cuando se activan las potencialidades de las plantas medicinales mediante procesos rituales y técnicas de regulación energética (reglas alimenticias, control de la energía sexual, métodos de hipo- o hiper- estimulación sensorial), se revelan efectos de orden no solamente físico (farmacológicos o de nivel molecular), sino también psicoafectivos (energéticos o de nivel atómico) y espirituales, que afectan la conciencia (de nivel subatómico). Las características de esos efectos son similares en esos tres niveles de manifestación físico, psíquico-afectivo y espiritual; y, por analogía, los efectos físicos, más visibles e inmediatamente tangibles, permiten intuir la resultante de la toma ritualizada de esas plantas en los procesos psicológicos, así como en las dimensiones existenciales del ser. Por ello, el lenguaje metafórico, simbólico, se muestra particularmente adaptado para sintetizar los efectos de las plantas de manera simultánea en las tres dimensiones del ser humano. La observación clínica nos ha permitido confirmar estas intuiciones o deducciones. Así, partiendo de los efectos antes señalados a nivel somático, podemos deducir que las plantas de fuego serán igualmente plantas purificadoras, verticalizantes y activadoras de los sistemas vitales, tanto a nivel psíquico como espiritual. Facilitarán la salida de las matrices mediante la incorporación de una dimensión masculina que balancee el exceso de energía femenina.

El efecto purificador manifestado mediante la combustión de las toxinas físicas alcanzará los venenos psíquicos (“malos” pensamientos, ideas dañinas) y la inmersión en emociones negativas (cólera, rabia, tristeza y otras). Podrán evaporar el exceso de “humedad” y en especial, a nivel psíquico, reducir los estados de melancolía y depresión. A nivel espiritual, este fuego consumirá las formas anímicas parásitas que tradicionalmente se designan según las tradiciones como malos espíritus, entidades posesivas, demonios o diablos. Esas potencias autónomas y objetivas pueden infestar el espíritu humano e inducir un sentimiento de vacío existencial y de desesperanza; perturban la paz interior, generan sugestiones mentales de autoeliminación, de destrucción, de odio, de venganza; y activan las tendencias egóticas, empujan a la transgresión de la ley natural, ética y moral. A la inversa, su reducción o eliminación mediante el uso adecuado de plantas de fuego trae mayor serenidad, reduce las sugestiones mentales negativas, despierta perspectivas alentadoras y de entusiasmo, y reordena la jerarquía de las prioridades personales en función de una finalidad de vida con sentido y valores.

El fuego, siendo activador de los sistemas vitales, operará estimulando a nivel mental la inteligencia conceptual, así como, a nivel espiritual, la función intuitiva, inspiradora. Vale decir que las plantas de fuego permitirán el acceso a una inspiración espiritual sana, que será procesada de manera racional para su aplicación concreta, es decir, su encarnación en la vida cotidiana. Del mismo modo que permiten extraer el metal de los minerales, fomentarán la separación de los residuos psíquicos y emocionales para alcanzar el oro de la mente y del corazón.

La activación psíquica mediante el fuego encontrará una contraindicación en personas que presentan un exceso de “fogosidad” en su modo de funcionar y su conducta; por ejemplo, hiperactividad física, mentalización obsesiva, rigidez y obstinación, ideas fijas, auto-convencimiento irracional, comportamientos sexuales compulsivos… En estos casos, el fuego puede llegar a agudizar la sintomatología hasta producir comportamientos de manía y terquedad, llegando a la necedad, inflación del ego hasta el delirio, ninfomanía incontrolable, etcétera. Es necesario, en estos casos, apelar a la inversa al uso de plantas de agua; por ejemplo, ushpawasha sanango (Tabernaemontana undulata).

A la corrección y estímulo de la identidad biológica del sistema inmunitario, a nivel somático, corresponderá el fortalecimiento de la identidad psíquica y espiritual. El sujeto podrá discernir de mejor manera cuáles son sus atributos propios y los que no le pertenecen. La identificación más consciente de sus propios deseos le permitirá, por ejemplo, descartar los deseos que hasta entonces consideraba suyos y que descubre que son los de sus padres, su familia, su grupo social. Los mecanismos proyectivos e introyectivos sobre los cuales ha construido parte de su identidad se hacen más evidentes y puede entonces gestionarlos de mejor manera. Puede recuperar su autonomía, salir de relaciones fusionales, diagnosticar a tiempo cuándo su integridad psíquica o espiritual está en peligro de efracción por personas ajenas. Las perturbaciones derivadas de situación de abuso sexual, incesto, invasión, intrusión o sometimiento psíquico-emocional encuentran ahí una indicación particularmente adaptada.

En este sentido, el uso correcto e informado de las plantas de fuego favorecerá un discernimiento de lo que es adecuado aquí y ahora en el camino personal, haciendo emerger con más evidencia la vocación personal, la misión de vida. En consecuencia, las dudas, la inseguridad sobre la identidad personal, se reducirán o fundirán, dando acceso a una mayor capacidad de decisión, una mayor seguridad para escoger las opciones idóneas de vida y plantear proyección al futuro. Fortalecerán, por consiguiente, la fe en sí mismo, en la vida y en una trascendencia viva o espíritu divino, mediante una espiritualidad auténtica, activa y construida.

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